sinopsis
Cuatro habitantes de un viejo edificio de renta antigua se enfrentan, tras
la muerte de su casera, al desahucio de sus viviendas ante el inminente
derribo de inmueble. Se trata de vecinos singulares, solitarios, cómicos,
casi marginales, que deben enfrentar un destino común en un entorno
despiadado.
 Inquilinos es una propuesta teatral que, con inequívoco aire de
comedia, retrata una parte de nuestra sociedad, en el fondo un retrato
de nosotros mismos, que no se incluye en el estereotipo social. El
montaje presenta, en una especie de parábola moderna, a seres
patéticos, divididos entre sus sueños y su realidad, confundidos entre
sus deseos y sus frustraciones, ansiosos por compartir pero protegidos
en su incomunicación. Juntos se proponen resistir, renunciando a sus
soledades en busca de un destino que ahora será común. Personajes
tan extremos y caricaturescos como el edificio que se cae y la casera
muerta, que forman parte del reparto como parte esencial de la obra. La
obra recurre a la ausencia de diálogo para instalarnos en la narración
visual, donde los espacios, los objetos y el movimiento o su defecto, se
vuelven unos personajes más, con el mismo rango de protagonismo que
los personajes de carne y hueso.
Reparto:
Mercedes Asenjo Soledad, “la bibliotecaria”
Manolo Gax Leal, “el portero”
Francisco Mateo Serafín, “el cantante calvo”
Isaac Bravo Ahmed, “el ilegal”
Dirección y Dramaturgia Javier Esteban
Música Original Manolo Gax
Escenografía David García García
Diseño/Iluminación Javier Martín del Río
Otros aspectos de la obra
Cómo ya hiciéramos en nuestra anterior propuesta sin palabras, titulada“Solitos”, nos acercamos al cine para utilizar algunos de sus inverosímiles
códigos de verosimilitud y aplicarlos a una puesta en escena teatral. Se trata de
códigos en los que el espectador está educado desde las salas de cine y los
televisores de nuestras casas, códigos que los nuevos lenguajes audiovisuales
reiteran y repiten con el mismo esquema e idénticos resultados que cuando se
invento la fotografía en movimiento. De nuevo, recurrimos a la ausencia de
diálogo para instalarnos en la narración visual, donde los espacios, los objetos y
el movimiento o su ausencia, se vuelven unos personajes más, con el mismo
rango de protagonismo que los personajes de carne y hueso.
La narración tiene el ritmo de una película y los espacios se multiplican, en un
mismo plano, para conducir al espectador a un universo espacial mucho más
rico que el que estamos habituados a contemplar sobre el escenario. Como en
una pantalla, pasamos de dentro a fuera y viceversa convirtiendo al espectador
en “cámara subjetiva” de la obra, reforzando detalles y conduciendo
eficazmente planos de enfoque, pero de una forma limpia, simple y real, solo
actores, aire y espectadores. Estas paradojas entre lo real y lo irreal, lo
verosímil y lo inverosímil también se transmiten al espacio y la escenografía.
Hemos construido una escalera de acceso a los distintos pisos, proponiendo un
juego espacial muy parecido a los planteamientos de Ercher en sus paradojas
visuales, y para diferenciar los diferentes apartamentos hemos construidos dos
puertas móviles que, según su situación en escena, marcan un espacio u otro.
Este juego visual, que hace que aceptemos como normal lo que es insólito,
tiene su especial relevancia en la dramaturgia, plagada de elementos oníricos,
poéticos e irreales que sin embargo añaden un trasfondo de verosimilitud a los
personajes, haciéndoles pasar de la categoría de caricatura a la de seres con
una profunda humanidad, seres reconocibles e identificables, seres en los que
reconocerse. Esta puesta se entronca directamente con el llamado teatro del
absurdo, especialmente con Beckett, pero cambiando el discurso metafísico
por el humanista. La metafísica está en las preguntas y el destino de los
personajes y el humanismo en la comprensión de su risa y su dolor, en el
reconocimiento de estos seres patéticos pero con alma.
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